domingo, 3 de mayo de 2015

Cómo sobrevivir en la era de las distracciones

Cuando caminamos por la calle, vamos manejando por la calle, entramos a un centro comercial y cuando navegamos en internet, encontramos una gran cantidad de demandas por nuestra atención, desde anuncios y compañías que quieren vendernos un producto o servicio, hasta lo que parece un inofensivo y útil servicio, como la voz que anuncia las salidas en los aeropuertos o terminales de buses. Tenemos demasiadas alertas, y el problema está en encontrar una forma de filtrarlas eficientemente. Vivimos en una crisis de atención, para el escritor Matthew Crawford.

Matt Dutile | Getty Images

En su libro The World Beyond Your Head: How to Flourish in an Age of Distraction dice que para muchos, la solución más sencilla ha sido crear una muralla de pantallas de teléfono y audífonos cada vez que salimos a la calle. Detrás de ese muro no es que tengamos una cantidad menor de estímulos, pero al menos somos libres de escoger qué tipo de comunicaciones tenemos con el mundo exterior, desde la canción que estamos escuchando hasta qué amigos contactar por medio de algún servicio de mensajería. Pero esta especie de aislamiento, lamentablemente, limita nuestra habilidad de relacionarnos con el mundo exterior. En vez de ver lo que hay más allá de nuestras cabezas, incluyendo a otras personas, bajamos los ojos como si nada de eso existiera.

Debido al papel de la tecnología y la publicidad, sería fácil pensar que esta discusión es completamente nueva, pero para Crawford el problema va más allá de nuestra exposición a constantes anuncios, notificaciones y el delirio de conectividad que nos ofrecen nuestros dispositivos móviles. Implica revisar nuestras ideas sobre la división entre el mundo exterior y el mundo mental. De ahí que advierte que nuestro escapismo es una mala respuesta a las constantes solicitudes de atención que recibimos. Es verdad que al aislarnos creamos una especie de significado personal que funciona como una guarida, hecha a la medida de nuestras necesidades psíquicas. Pero el precio es muy alto: aunque encontramos un pequeño escape, cerramos la posibilidad que tenemos de estar-en-el-mundo y cultivar nuestras habilidades en él.

En su lugar, Crawford (y muchos antes como él) recomiendan reunirse con el mundo nuevamente, anclándonos a objetos externos que a través de un proceso de trabajo y disciplina nos devuelvan nuestro centro. En primer parte, esto implica recuperar el arte de trabajar con las manos.
En su investigación con todo tipo de especialistas – desde fabricantes de órganos hasta cocineros experimentados – descubre que para aprender una habilidad, tenemos que someternos a un proceso de aprendizaje que implica cierta disciplina. Primero observamos, luego hacemos un primer intento, evaluamos lo que salió mal y repetimos, intentando mejorar en un aspecto u otro. Este proceso de trabajo manual es importante: ser capaz de manipular objetos reales y moldearlos directamente es una experiencia auténtica que puede reconectarnos al mundo real. (Su su libro anterior explora en detalle estas ideas).

La disciplina, sin embargo, también es necesaria para dominar ciertas habilidades mentales (aunque con eso no se refiere a cualquier cosa que se deba realizar frente a una computadora). Tomen el ejemplo de la escritora irlandesa Iris Murdoch. Cuando ella describe su experiencia de aprendizaje del ruso en uno de sus ensayos, explica que para lograr dominar el idioma, primero tuvo que someterse a las complejidades del vocabulario y la gramática. Sólo se puede lograr maestría respetando una serie de patrones, independientes de nuestro mundo mental interno, dice Crawford. Y en verdad, ese proceso de reconexión puede ser difícil pero tiene su recompensa. Como escribe Murdoch, "Todo lo que altera nuestra conciencia en dirección del desapego, de la objetividad y el realismo está conectado con la virtud".

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