lunes, 25 de mayo de 2015

Toma control de tu ambiente

No hay una receta secreta para mejorar tu productividad. Implica un cambio de hábitos, limitar las distracciones, y hasta pensar de formas distintas. Pero así como nuestra disposición mental y psicológica es reponsable de buena parte de nuestro desempeño, el ambiente también tiene un impacto importante. Estas son algunas ideas para que nuestro entorno juegue a nuestro favor:


Reduce las distracciones

El lugar y el ambiente en que trabajamos puede ayudarnos a ser más productivos – o todo lo contrario. El fundador de Asana, una aplicación digital, dice que podemos hacer cambios menores, que incluyen cambiar nuestro teléfono a modo de "no molestar", cerrar las pestañas de todo lo que no se relaciona con la tarea que estemos realizando, cerrar las notificaciones de mensajes de chat y correos electrónicos, y ojalá bloquear sitios específicos que nos distraigan (como las redes sociales).

Toma control de tu horario

Hay mejores formas de ordenar tu horario y programar períodos de descanso y productividad. Sin embargo, es importante recordar que es complicado entrar en un estado de flujo – un período en que de verdad estás concentrado en realizar tareas complejas. Así que si tienes la posibilidad, agenda "reuniones" de 3 horas contigo mismo, donde puedas avanzar con este tipo de tareas complejas. Cambia de contexto si es posible, para obligarte a entrar en modo productivo.

Además, trata de descubrir cuál es el momento en que eres más productivo. Para eso tendrás que monitorear tu propio proceso e identificar las cosas que te sean más útiles, pero hay varias herramientas digitales que pueden facilitarte el trabajo.

Usa la tecnología a tu favor

La tecnología puede ser un arma de dos filos y restarle a tu proceso creativo y de trabajo. Pero gran parte de eso se debe a que no sabemos usar todas las herramientas que nuestras fieles computadoras y dispositivos tienen para nosotros. ¿Te sabes los comandos del teclado para cambiar de una pantalla a otra, o de una pestaña del navegador a la siguiente? Hacerlo podría ahorrarte bastante tiempo.

HT Quora

domingo, 17 de mayo de 2015

"Soy malo en las matemáticas"

Nada podría estar más alejado de la verdad, pero a fuerza de repetición, hemos llegado a creer que de hecho hay personas que son buenas para las matemáticas y personas que simplemente no lo son. El problema es que esta creencia, aparentemente inofensiva, puede estar deteniendo a muchos estudiantes talentosos de lograr su potencial.


Nuestra actitud importa

El problema no se reduce a las habilidades matemáticas. Varios estudios han demostrado que las personas que sostienen una visión de la inteligencia como algo natural o que se trae en los genes se convierte en una profecía autocumplida en buena parte de los casos. Patricia Linehan, de la Universidad de Purdue, dice que hay dos concepciones fundamentales sobre este tema: Por un lado, los estudiantes con una orientación incremental creen que la inteligencia es maleable y puede incrementar con el esfuerzo. Por el otro, los estudiantes con una orientación estática creen que la inteligencia no es maleable y que no incrementa con el esfuerzo.

Y nuestra actitud determina una buena parte de nuestros resultados. Una actitud negativa reduce la motivación y el esfuerzo real que dedicamos a la práctica conciente, mientras que una actitud positiva nos ayuda a romper estas barreras que, en buena medida, son artificiales. Es verdad que existen varios impedimentos específicos para el aprendizaje de las matemáticas como la discalculia (el equivalente numérico de la dislexia) o la incapacidad por concentrarse en un problema de forma sostenida. Pero varios estudios han demostrado que, en promedio, quienes creen en la inteligencia como una variable incremental tienden a rendir mejor en las pruebas.

¿Cómo romper paradigmas?

La matemática es confusa, sí, pero también lo es andar en bicicleta. Sólo que a nadie se le ocurriría decir que hay personas que nacieron para andar en bicicleta y personas que no. Así que nada detiene a los niños de cinco años tratando de abandonar las ruedas de entranamiento, que trabajan y practican hasta que dominan el equilibrio y pueden montar bici sin rasparse las rodillas.

En su libro Inteligencia y cómo conseguirla, Richard Nisbett describe un estudio en que las personas que creían no tener capacidad para aprender matemática son convencidos de lo contrario. Y en todos los casos, la ruptura del paradigma los hace mejorar considerablemente en poco tiempo — no es ninguna broma andar por la vida convencido que la inteligencia es algo más allá de nuestro control.

Nisbett también explica que sistemas educativos de otros países se enfocan más en el tiempo y la calidad de la práctica. En Japón y Corea, por ejemplo, no necesitan ningún recordatorio de que los logros intelectuales son el resultado de la práctica y el esfuerzo. Ese problema quedó resuelto hace más de 2500 años. "La persistencia de cara al fracaso es parte de la tradición asiática de auto-mejoramiento. Y en estos países, las personas están acostumbradas a la crítica que muchos de nosotros [en Occidente] rehuímos".

Enfocarnos en la matemática — y otras habilidades como el lenguaje, la estadística y la administración — puede ayudarnos a mejorar nuestro desempeño y motivar a otros a entrar a campos relacionados.

martes, 12 de mayo de 2015

¿Cómo pensar como un niño?

¿Quieres resolver un problema? Piensa como un niño.


Los niños tienen relativamente pocos sesgos, porque no llevan la inmensa cantidad de preconcepciones que tiene un adulto. Tampoco ponen atención a las mismas cosas a las que presta atención un adulto, profesional y con años de educación bajo el brazo, por lo que pueden notar cosas distintas. Además, tienen una forma trivial y divertida de ver la realidad que a veces vale la pena rescatar.

Pensar en pequeño

Steven Dubner, periodista y autor de la serie de libros Freakonomics, dice que una de las maravillas de pensar como un niño es pensar en pequeño. Los grandes problemas, por definición, son difíciles de resolver. Involucran a muchas personas, y por lo tanto contienen una serie de intereses cruzados y a menudo perversos. Piensen en el problema de la educación: involucra a los alumnos, pero también a los maestros, a los funcionarios de gobierno, a los administradores de las escuelas y a los padres de familia. Es un problema enorme, así que podemos abordarlo desde el punto de vista de la tecnología, de los recursos empleados, de los contenidos de la educación y la lista continúa por siempre.

¿Pero qué pasa si encontramos una parte del problema que, aunque pequeño, podemos identificar y solucionar con claridad? Hay varias razones por las cuales es importante que lo hagamos, dice Dubner: es más fácil responder una pregunta concreta que resolver un problema enorme. Es más fácil obtener la información relevante, comprender los incentivos involucrados y hay una probabilidad mayor de que puedas poner en marcha una solución. Incluso si encontráramos las respuestas a muchas de las grandes preguntas de la sociedad, siempre está el problema de reunir el capital y la voluntad para poner en marcha una solución. Y eso puede ser un problema mayor.

Fuera de la caja

Pensar como un niño, sin embargo, va más allá de la escala del razonamiento. Para Alison Gopnik, psicóloga y filósofa de la Universidad de California-Berkeley, la investigación muestra que los niños son más que adultos en potencia. Y que tienen una variedad de habilidades que nos pueden servir a los adultos.

En una entrevista para el podcast de Freakonomics, Gopnik nos recomienda pensar en los niños como el departamento de investigación y desarrollo de la especie humana. Los adultos seríamos el departamento de producción y mercadeo de la empresa en esa analogía. Así, puede parecernos que los chicos de R&D no están haciendo nada que parezca útil o sensible. Pasan todo el día en sus sillas, jugando y teniendo ideas completamente fuera de lugar. Y nosotros, que de hecho estamos generando ganancias, ¡tenemos que subsidiar a estos vagos! Sin embargo, una de las cosas que sabemos es que esta habilidad de pensar sin limitaciones y fuera de la caja es necesaria en el largo plazo. ¿De dónde, si no, sacaríamos las ideas para poner en práctica en nuestro departamento?

Lee más en el libro de Gopnik, The Philosophical Baby: What Children's Minds Tell Us About Truth, Love, and the Meaning of Life.

domingo, 3 de mayo de 2015

Cómo sobrevivir en la era de las distracciones

Cuando caminamos por la calle, vamos manejando por la calle, entramos a un centro comercial y cuando navegamos en internet, encontramos una gran cantidad de demandas por nuestra atención, desde anuncios y compañías que quieren vendernos un producto o servicio, hasta lo que parece un inofensivo y útil servicio, como la voz que anuncia las salidas en los aeropuertos o terminales de buses. Tenemos demasiadas alertas, y el problema está en encontrar una forma de filtrarlas eficientemente. Vivimos en una crisis de atención, para el escritor Matthew Crawford.

Matt Dutile | Getty Images

En su libro The World Beyond Your Head: How to Flourish in an Age of Distraction dice que para muchos, la solución más sencilla ha sido crear una muralla de pantallas de teléfono y audífonos cada vez que salimos a la calle. Detrás de ese muro no es que tengamos una cantidad menor de estímulos, pero al menos somos libres de escoger qué tipo de comunicaciones tenemos con el mundo exterior, desde la canción que estamos escuchando hasta qué amigos contactar por medio de algún servicio de mensajería. Pero esta especie de aislamiento, lamentablemente, limita nuestra habilidad de relacionarnos con el mundo exterior. En vez de ver lo que hay más allá de nuestras cabezas, incluyendo a otras personas, bajamos los ojos como si nada de eso existiera.

Debido al papel de la tecnología y la publicidad, sería fácil pensar que esta discusión es completamente nueva, pero para Crawford el problema va más allá de nuestra exposición a constantes anuncios, notificaciones y el delirio de conectividad que nos ofrecen nuestros dispositivos móviles. Implica revisar nuestras ideas sobre la división entre el mundo exterior y el mundo mental. De ahí que advierte que nuestro escapismo es una mala respuesta a las constantes solicitudes de atención que recibimos. Es verdad que al aislarnos creamos una especie de significado personal que funciona como una guarida, hecha a la medida de nuestras necesidades psíquicas. Pero el precio es muy alto: aunque encontramos un pequeño escape, cerramos la posibilidad que tenemos de estar-en-el-mundo y cultivar nuestras habilidades en él.

En su lugar, Crawford (y muchos antes como él) recomiendan reunirse con el mundo nuevamente, anclándonos a objetos externos que a través de un proceso de trabajo y disciplina nos devuelvan nuestro centro. En primer parte, esto implica recuperar el arte de trabajar con las manos.
En su investigación con todo tipo de especialistas – desde fabricantes de órganos hasta cocineros experimentados – descubre que para aprender una habilidad, tenemos que someternos a un proceso de aprendizaje que implica cierta disciplina. Primero observamos, luego hacemos un primer intento, evaluamos lo que salió mal y repetimos, intentando mejorar en un aspecto u otro. Este proceso de trabajo manual es importante: ser capaz de manipular objetos reales y moldearlos directamente es una experiencia auténtica que puede reconectarnos al mundo real. (Su su libro anterior explora en detalle estas ideas).

La disciplina, sin embargo, también es necesaria para dominar ciertas habilidades mentales (aunque con eso no se refiere a cualquier cosa que se deba realizar frente a una computadora). Tomen el ejemplo de la escritora irlandesa Iris Murdoch. Cuando ella describe su experiencia de aprendizaje del ruso en uno de sus ensayos, explica que para lograr dominar el idioma, primero tuvo que someterse a las complejidades del vocabulario y la gramática. Sólo se puede lograr maestría respetando una serie de patrones, independientes de nuestro mundo mental interno, dice Crawford. Y en verdad, ese proceso de reconexión puede ser difícil pero tiene su recompensa. Como escribe Murdoch, "Todo lo que altera nuestra conciencia en dirección del desapego, de la objetividad y el realismo está conectado con la virtud".