lunes, 15 de septiembre de 2014

La puerta a la realidad

En la historia de la ciencia, el primero en introducir la idea del determinismo causal o científico fue el francés Pierre-Simon Laplace en 1814. Escribió que podemos considerar el presente estado del universo como el efecto de su pasado y la causa de su futuro: "Un intelecto que en determinado momento pueda conocer todas las fuerzas que ponen a la naturaleza en movimiento, y todas las posiciones de todos los elementos que la componen, y si este intelecto fuera lo suficientemente vasto como para analizar estos datos, sería capaz de unir los movimientos de los cuerpos más grandes del universo y de los átomos más pequeños en una sola fórmula. Para ese intelecto nada sería incierto y el futuro, como el pasado pero presente ante sus ojos" (traducción libre).

Este intelecto adquirió el sobrenombre de "demonio", y la gente se refiere a él como el demonio de Laplace. En efecto, no existe ese intelecto, pero su experimento mental buscaba establecer el principio de determinación, de las causas y consecuencias que gobiernan el universo. Es cierto, Laplace vivió en la época de Newton y la mecánica clásica, el mundo donde el universo estaba construido como un reloj. Descubrimientos posteriores hacen de menos esa idea.



¿Pero qué pasa si el universo está al menos un poco alejado todo el tiempo? El presente llega en blanco y negro (x provocó y, z es la causa de x), pero el pasado y el futuro se nos esconden a los seres humanos que no tenemos todo el conocimiento que el demonio hipotético de Laplace. Cuando hacemos predicciones sobre el futuro (o retroducciones, tratar de identificar las causas de un fenómeno en el pasado), dependemos de una teoría que orienta nuestra percepción hacia los factores que considera relevantes. Necesariamente hay filtros y sesgos, y utilizamos reglas para conjeturar y poco a poco, avanzar por el camino de la verdad.

Por suerte para nosotros, desde el siglo XVIII, alguien más sentó las bases. Fue un ministro presbiteriano inglés que también era matemático, Thomas Bayes. El problema de las probabilidades de ciertos eventos que consistía de ciertas condiciones esperaba resolución y Bayes se lanzó a ofrecer una propuesta. Por suerte, sus ideas fueron heredadas y otros desarrollaron el proceso de razonamiento que se conoce como bayesiano: uno que tiene el sentido de probabilidad como una creencia parcial, más que como una frecuencia.

El teorema de Bayes dice que, la probabilidad de un hecho (como tener gripe) es más preciso si se ata la probabilidad de ese hecho X con otro hecho Y, como la probabilidad de tener gripe, considerando que tengo un dolor de cabeza. Así, la probabilidad no sólo se entiende de forma relativa, sino que permite discernirla con más claridad considerando las circunstancias que se van presentando en el camino. Este cambio es monumental para la comprensión del universo y la acción humana, y quizá no suficientes personas se han molestado en preguntarse qué implica.

(La expresión matemática, además, es muy simple de expresar):

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