lunes, 17 de marzo de 2014

La libertad de conciencia

John Milton hizo la primera defensa pública de la libertad de expresión en un discurso ofrecido para el parlamento inglés en 1644. Fue esta la primera vez en que alguien abogaba por la imprenta sin licencias y sin censura. Además, es uno de los más elocuentes defensores del principio de la libertad de prensa, diciendo por ejemplo

Deme la libertad de saber, de declarar y de argüir libremente de acuerdo a la conciencia, sobre todas las libertades.

Parte de la modernidad del argumento es que Milton deja por sentada una suposición revolucionaria. Hay una verdad, pero todos somos dueños de fragmentos limitados de esa gran verdad. Como no hay nadie - ni el rey ni los estimados presbiterianos contra los que se presentó en el parlamento - que tenga el dominio completo de todos los factores de por medio sobre un tema, concederle a alguien la potestad de decidir qué información ve la luz no tiene sentido.

Hay algunas ventajas, que Milton reconoce y que en nuestros días son readaptados a otro contexto, de limitar la publicación. Sin embargo, la limitación no debería ser una censura centralizada, sino que debería convertirse en el producto de un código de ética o del asentamiento de precedentes de decisiones éticos. ¿Podría ser peligrosa una información o dañar ciertos intereses? Sí y sí, pero en ningún caso amerita limitar la crítica y diálogo público que nos acerca a ese valor fundamental de la verdad.

¿Suena a una discusión muy antigua? La censura a nuevos medios en Venezuela y Turquía en las últimas semanas debería hacernos pensar sobre estos temas igualmente.

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